UNA IDEA

Por Felix

DOS HOMBRES Y UNA IDEA

RESEÑA REFLEXIVA DEL CÓMIC “Esos días que desaparecen” de Timothé Le Boucher

Editorial: Dibbuks
192 págs.
28 euros

Dicen que las ideas flotan en el aire y lo que hacemos los escritores es cazarlas al vuelo. A mi me gusta imaginármelas como palomas que surcan el cielo y, a veces, deciden posarse en el palomar de nuestra mente, porque casi siempre son ellas quienes nos buscan a nosotros. Podría compararlas también con los cazas F-14 que pilotan Tom Cruise y su pandilla en  Top Gun, y la mente de los escritores con los portaviones donde repostan, pero no es una imagen tan poética (solo la mencionaré para poder poner un enlace).

 

LA DESPENSA DE IDEAS

La cosa es que, tanto seamos escritores profesionales como escritores en ciernes, todos contamos con una “Despensa de Ideas”. Ahí almacenamos cada idea que nos sobreviene porque, cuando eso nos sucede, generalmente estamos ocupados en otros proyectos, ya sean literarios o vitales, y no podemos desarrollarlas inmediatamente. Si una idea no se desvanece, si sobrevive al rodillo del tiempo, significa que es buena, y lo que hará durante el transcurso de los meses será enriquecerse, madurar, macerarse en el caldero de nuestro cerebro, hasta que le llegue el momento oportuno de convertirse en novela.

Hace un tiempo -y hablo de años-, se me posó en la cabeza un pájaro prometedor. Más que una paloma, parecía un ave del paraíso de bellos colores. Era una idea realmente estimulante: la historia de un tipo que, de repente, empezaba a perder días de su vida. Se despertaba y descubría asombrado que habían pasado varios días desde que se acostó, días que no recordaba, pero que sin embargo había vivido, aunque con otro “pilotando” su cuerpo. Tras asimilar aquellos lapsos cada vez más frecuentes, decidía contactar con el ocupa o parasito que lo habitaba de tanto en tanto mediante un diario compartido.

EL GERMEN DE UNA NOVELA

A través de sus páginas se comunicaban, se contaban lo que hacían cuando les tocaba anidar el cuerpo común, trataban de entender por qué les estaba sucediendo aquello, e incluso intentaban averiguar de dónde venía el usurpador, que carecía de recuerdos de cualquier existencia anterior. La idea daba mucho juego, y encajaba sin estridencias en mi universo literario de fantasías cotidianas. Podía ser una especie de thriller metafórico, tolerar pasajes poéticos, impregnarse de un favorecedor aire onírico… Intuía, en definitiva, que era el germen de una novela interesante, donde los personajes secundarios que orbitaban en torno al “okupado” serían clave, pues darían pie a todo tipo de situaciones originales.

E incluso tenía un final pensado: el pobre usurpado cada día perdía más días, asistía impotente a cómo su “gemelo” iba prensando más y más su existencia al dilatar la suya. Cada vez que despertaba, percibía más cambios en su entorno, y a golpe de elipsis cada vez más largas se encaminaba hacia su disolución completa en la nada, sin un por qué. Pero todas esas ideas no pasaron de un puñado de anotaciones dispersas en una libreta. Nunca pude sentarme a desarrollar aquel argumento, a exprimirle todas sus posibilidades. Sin tiempo que dedicarle, me limitaba a acariciarlo de tanto en tanto, como una novela futura y exitosa que era mi as en la manga.

Pero ya nunca podré escribirla porque otro la ha escrito por mí. O más exactamente, la ha dibujado, porque no me refiero a un libro, si no un cómic…

ESOS DÍAS QUE DESAPARECEN, de Timothé Le Boucher.

Tras haberlo disfrutado he de reconocer que al autor francés le ha quedado una historia mucho mejor que la que seguramente me habría quedado a mí. Una de esas historias que cuando uno acaba de leerla tiene la certeza de que se ha contado del mejor modo posible, que su autor le ha extraído todo su potencial. En este caso, incluso más del que sospechabas que podía tener, pues Le Boucher usa la atractiva premisa para hablar, entre otras muchas cosas, de la fugacidad de la vida, de nuestras prioridades, de cómo nos esculpimos decisión a decisión…

Pero sobre todo logra que todos esos temas fluyan de manera natural, trenzando una fábula deliciosa y emotiva, con giros de guion orgánicos, una historia que sabe contar con una sencillez que esconde todo el trabajo de composición que se intuye detrás. Por otro lado, su dibujo es amable, de líneas suaves, iluminado por una paleta de colores que va marcando los estados de ánimo del personaje. En definitiva, una historia para quitarse el sombrero a la que ni le falta ni le sobra nada.

Ahora tacho esa antigua idea de mi lista y anoto otra: la de dos escritores que en ciudades distintas y sin ningún vínculo entre ellos, empiezan a escribir la misma novela, palabra por palabra. No sé si algún día tendré tiempo para ponerme a desarrollarla. Aunque tal vez Timothé Le Boucher ya haya empezado a dibujarla.

 

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